Domingo 22 de febrero de 2026
22 FEB 2026 - 11:22 | Sociedad

Hace 100 años, volver a clases en el interior bonaerense: guardapolvo blanco, disciplina y kilómetros a pie

En la década de 1920, la escuela argentina ya era obligatoria, gratuita y laica, pero la experiencia de iniciar el ciclo lectivo no era igual en la ciudad que en los pueblos del interior. Cómo eran los edificios, los útiles, la autoridad docente y el ritual del primer día cuando la provincia de Buenos Aires todavía era, en gran parte, campo.

Hace un siglo, la vuelta a clases en el interior bonaerense era más austera, más rígida y más desigual según el territorio.

Cuando en 1920 comenzaba el ciclo lectivo, la escuela primaria argentina llevaba casi cuatro décadas de organización bajo la Ley 1420 (1884), que estableció la enseñanza común, obligatoria, gratuita y laica en la Capital y los Territorios Nacionales. En la provincia de Buenos Aires, la expansión había sido paralela, con una fuerte inversión estatal en infraestructura y formación docente desde fines del siglo XIX.
El país atravesaba los años posteriores a la Primera Guerra Mundial y el gobierno radical de Hipólito Yrigoyen impulsaba una ampliación de derechos políticos, mientras el sistema educativo consolidaba su rol como herramienta de integración social. La alfabetización crecía, especialmente en zonas urbanas, aunque en áreas rurales todavía persistían brechas importantes.
En ese contexto, la “vuelta a clases” no era un ritual mediático ni un evento de consumo: era la reanudación de una obligación cívica que el Estado consideraba clave para construir ciudadanía.

CÓMO ERAN LOS EDIFICIOS ESCOLARES EN LOS PUEBLOS

En ciudades como La Plata, Dolores o Chascomús ya existían escuelas normales y edificios de material, con aulas amplias, galerías y patios internos. Pero en muchos pueblos del interior bonaerense —y sobre todo en zonas rurales— las escuelas funcionaban en construcciones más austeras.
Podían ser:
    •    Edificios de una o dos aulas.
    •    Casas adaptadas.
    •    Construcciones de ladrillo sin revocar o de chapa y madera.
    •    Escuelas rurales unitarias, donde un solo maestro enseñaba a varios grados a la vez.
El mobiliario era sencillo: bancos largos de madera compartidos, pizarrón de pared, estufa a leña en invierno. No había calefacción central ni ventiladores eléctricos en la mayoría de los casos.
El inicio del ciclo lectivo implicaba poner a punto el edificio, limpiar el aula, revisar bancos y organizar el material didáctico disponible, que no era abundante.

EL GUARDAPOLVO BLANCO: IGUALDAD EN EL AULA

Para la década de 1920, el guardapolvo blanco ya se había convertido en símbolo distintivo de la escuela argentina. Su uso comenzó a difundirse con fuerza en esos años como una política pedagógica y social: homogeneizar la vestimenta para reducir diferencias de clase.
La prenda —que con el tiempo se consolidaría como emblema nacional— fue un verdadero invento argentino en términos de masificación escolar. Su adopción respondió a una idea concreta: que dentro del aula todos fueran iguales, más allá del origen social.
En pueblos del interior bonaerense, muchas veces el guardapolvo era confeccionado por madres o modistas locales. No siempre se estrenaba uno cada año. Para algunas familias rurales, representaba un esfuerzo económico significativo, junto con la compra de cuadernos y manuales.
A cien años de su consolidación como símbolo escolar, el guardapolvo sigue siendo una marca distintiva del sistema educativo argentino, con una identidad difícil de encontrar en otros países.

ÚTILES ESCOLARES: CUADERNOS, PLUMA Y TINTA

Nada de mochilas con personajes ni cartucheras con cierres múltiples. Los útiles básicos eran:
    •    Cuadernos de tapa dura.
    •    Lápiz negro.
    •    Tintero y pluma (que convivían con el lápiz).
    •    Regla.
    •    Manuales escolares únicos para varias materias.
Los libros eran escasos y se cuidaban como bienes valiosos. En algunos casos, se heredaban entre hermanos. El primer día de clases incluía la revisión del material. El docente verificaba que cada alumno tuviera lo necesario y, si no, se registraba la situación.

DISCIPLINA Y AUTORIDAD DOCENTE

La escuela de 1920 era formal y jerárquica. La figura del maestro —o de la maestra, ya que el magisterio primario estaba fuertemente feminizado— tenía un alto reconocimiento social.
La disciplina era estricta:
    •    Formación en filas.
    •    Saludo a la bandera.
    •    Silencio en el aula.
    •    Castigos que podían incluir permanecer de pie o copiar lecciones adicionales.
La autoridad no se discutía. En pueblos pequeños, el docente era una figura central de la comunidad, muchas veces proveniente de una escuela normal de ciudad.

EL INICIO DEL CICLO LECTIVO: ACTO Y ORDEN

El comienzo del año escolar no tenía la espectacularización actual, pero sí rituales definidos.
Era habitual:
    •    Formación en el patio.
    •    Izamiento de la bandera.
    •    Palabras del director o maestro.
    •    Lectura de normas.
    •    Asignación de bancos y grupos.
En escuelas rurales, el inicio podía demorarse algunos días según las condiciones climáticas o las tareas agrícolas.
No había redes sociales ni fotos del primer día. Pero sí existía una conciencia clara de que la escuela era el espacio donde se moldeaba el futuro.

CIUDAD Y CAMPO: LA GRAN DIFERENCIA

Si en ciudades intermedias del interior bonaerense la asistencia era relativamente estable, en áreas rurales la realidad era distinta.

Factores que incidían:
Distancias largas. Muchos chicos caminaban varios kilómetros para llegar a la escuela. No había transporte escolar organizado como hoy.

Trabajo infantil. En familias rurales, los niños colaboraban en tareas agrícolas o domésticas. En épocas de cosecha, la asistencia podía bajar.

Estacionalidad. Las lluvias y el estado de los caminos afectaban la continuidad. La obligatoriedad existía en la ley, pero su cumplimiento efectivo dependía de condiciones materiales.

¿QUÉ CAMBIÓ EN 100 AÑOS?

Hoy la vuelta a clases está atravesada por:
    •    Tecnología.
    •    Consumo masivo.
    •    Redes sociales.
    •    Mayor participación familiar en la experiencia escolar.

Sin embargo, hay continuidades profundas:
    •    El rol del Estado como garante.
    •    La centralidad de la escuela pública en pueblos del interior.
    •    El guardapolvo blanco como símbolo.
    •    La expectativa social depositada en la educación.

Hace un siglo, la vuelta a clases en el interior bonaerense era más austera, más rígida y más desigual según el territorio. Pero ya estaba en marcha el mismo proyecto que hoy sostiene el calendario escolar: la convicción de que la educación es una herramienta de integración y movilidad social.
En pueblos donde la escuela era, y sigue siendo, uno de los edificios más importantes, el inicio del ciclo lectivo no era solo un trámite administrativo. Era la renovación de una promesa colectiva.
A cien años de distancia, esa promesa continúa.